Matias Quetglas

por Baltasar Porcel.

Matías Quetglas procede de una isla de piedra de tierra, de barro: Menorca. Pero probablemente pinta como lo hace porque también pasó, hechizado, por Italia: los frescos, su tonalidad cálida, opaca, táctil como la tierra misma. Así pues, si en Menorca ha de existir una tradición artística que no sea la de los símbolos pétreos de la prehistoria, ¿qué otra puede ser sino la del arte romano en su sentido más vasto, el que va de las pinturas de Pompeya y las figuras etruscas hasta De Chirico o Morandi? Roma, el Mediterráneo, la Grecia de los siglos VIII al IV antes de nuestra era.

Y con esto no quiero decir que Quetglas no esté influido por el realismo español de ayer y hoy, una de las grandes escuelas universales y transeculares de la pintura y que puede arrancar del siglo XVI hasta llegar a Romero de Torres, Vázquez Díaz o Antonio López, por dar tres nombres bien diferentes. Seguro que a Quetglas se le puede incluir. Pero todavía es más seguro que le separan dos rasgos fundamentales: la calidad terrosa de su pintura en cuanto a tratamiento y cromatismo, infrecuente en la tradición peninsular, y la ausencia de gravedad trascendental, de tristeza congénita que satura el arte de los reinos hispánicos.

En Matías Quetglas el rito, la vida y la materia forman un todo indivisible. Como el mismo Picasso, que siendo un artista entrañablemente español, contiene una vitalidad, una alegría, insólitas no solo en el arte sino también en la cultura peninsular. Y con el Picasso italianizante, el de los años 20, tiene Quetglas puntos de contacto, aunque su genio sea diferente: el de Picasso es móvil, el de Quetglas estático. En Picasso todo huye y en Quetglas permanece. La misma luz, que tanto preocupa a Quetglas, es en él más un estado de ánimo o un impacto manierista que una gradación magmática de carácter impresionista.

En la pintura de Matías Quetglas todo es casi siempre visto en función del mito: el hombre es un eco o una voz, una especie de representación de otra “cosa”, de una dimensión tercera, como diría Ernst Jünger. Pueden ser gestos del Barroco, enfatizados, marmoreizados, escenas de una pieza teatral que ocurre en otro lugar y de la cual persiste un eco eternizado. Las criaturas que lo encarnan no tienen a veces ni rasgos faciales, son sólo una expresión y todo ello en un cromatismo denso, sutil y apagado, tonalidades muy complejas en su elaboración que una vez terminados se transforman en presencias rotundas.

Quetglas es un pintor de una solidez extraordinaria, de una personalidad firme. A mí no sólo me gusta mirar sus cuadros, también tocarlos: pasar los dedos suavemente sobre ellos, recibir su mensaje de la más fuerte modernidad, la más profunda: la que Vasari, usando también evidentemente la palabra modernidad, atribuía a Miguel Angel.

Revista Guadalimar, 1994.

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Museu de pintura de les Illes Balears
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