FEDERICO MOLINA: PASIÓN DE GITANO, CABALLERO Y ARTISTA.

Escribir sobre la vida y obra de Federico Molina puede resultar frustrante puesto que de antemano uno sabe que se va a dejar buena parte de la savia en el tintero. Este inconmensurable artista que nuestra isla tuvo la fortuna de tener en adopción, no solo fue un pintor de máximo nivel, resultó ser también un personaje polifacético que con pasión y emoción se explayó en un sinfín de tareas y proyectos artísticos y culturales sin límites establecidos. Un ser que vivió intensamente, a veces sin mesura, exprimiendo la vida tanto en los momentos de gozo como en la adversidad. Los genios no acostumbran a estar exentos de bohemia y honor; F. Molina lo corrobora de manera exponencial.

Federico Molina Alberó nació en Barcelona en el seno de una familia de etnia gitana, de lo que se sentía muy orgulloso y presumió siempre de serlo. Estudió en la Escuela de Bellas Artes de Sant Jordi de Barcelona y luego continuó sus estudios en París. Su pasión por la pintura, que ya anidaba en las venas de su infancia y su espíritu aventurero lo encauzaron a recorrer mundo. Tras varios años en Europa y dejando huella con sus exposiciones en París, Bélgica, Holanda, Italia, Niza…pasó un tiempo transitando el norte de África para luego establecerse en Sudamérica, en Perú, Colombia, México y Cuba. Una de sus más celebradas exposiciones acaeció en La Habana en 1933. Tras un levantamiento militar en Perú, regresó a su Barcelona natal en la que expuso de forma habitual en la década de 1940, además de hacerlo también casi cada año en Madrid, Valencia y otras capitales de provincia españolas. Al igual que otros virtuosos del pincel que habían sucumbido a su cromática y nítida luz, Federico ya conocía la isla de Mallorca y en 1955 fijó en ella su residencia de manera definitiva hasta su fallecimiento en 1981.

Federico Molina fue un pintor peculiar, dotado de una gran capacidad para el dibujo y con un pleno dominio de las técnicas pictóricas. Su especialidad, o por antonomasia lo que más le atrajo, fue siempre la figura humana que ejecutó con la gracia y soltura que solo un gran maestro puede lograr. Sus lienzos en los que se plasman las bellas figuras y rostros de gitanas están condenados a permanecer en la memoria de los tiempos. Sus gitanas son alegres, expresivas, exuberantes, altivas y conscientes de su gallardía; es así como Federico las percibía. En ocasiones las pintó desnudas, en otras vestidas, pero siempre sublimes, con una contundente dosis de sensualidad y a veces erotismo.

Además de la figura y el retrato, se recreó en los seres a los que consideraba sus mejores amigos: perros y caballos, a los que la soltura de su pincel les brinda movimiento y una sensibilidad casi espiritual. También cultivó el bodegón cuyas flores a menudo traspasan la tela para ofrecernos su fragancia a través de sus pétalos, y en menor medida trató el paisaje.

A pesar de que sus obras son perfectas, él no se preocupó en la perfección de las mismas. Sus estudios, su técnica y su experiencia son herramientas que utilizó para crear una nueva realidad que percibió desde su interior e impregnó en sus óleos. Los trazos mágicos del maestro Molina son gruesos, ágiles, decididos y concluyentes; todo lo opuesto a la técnica hiperrealista de pincel fino.

La faceta poliédrica de Federico Molina viene incorporada en su carácter, en la idiosincrasia de su forma de ser. Sus permanentes viajes no eran solo los de un observador, nuestro artista se implicó siempre en todo, y a todo le echó pasión y sentimiento, que es lo que se perfila en sus telas. Fue un apasionado de la vida, un apasionado del arte y también de las tradiciones. Su devoción a la tauromaquia lo plantó en la extraña deriva de convertirse a su vez en novillero, y no conformándose con ello, llevó su ilusión todavía más lejos; en 1960 se convirtió en propietario y empresario de la plaza de toros de Felanitx (Mallorca) que refundó con el nombre de “La Macarena” y la dotó con una escuela de tauromaquia.
Entre las incuantificables anécdotas de su vida, aparece la referente a un festejo taurino en “La Macarena”, en el que un joven novillero tras observar el colosal trapío del morlaco que salió de toriles, huyó despavorido a refugiarse tras el burladero. El maestro Molina, ya entrado en años, se vistió de nuevo con el terno de luces y a Dios puso testigo por montera, saliendo a la plaza a plantar cara a la suerte y lidiar al toro bravo que en mitad del coso le aguardaba.

Matadores y gitanas vestidas de luces son también un tema recurrente en su obra. Como nómada viajero de espíritu inquieto, ya con residencia en Mallorca, recaló en un primer tiempo en Valldemossa, luego en el centro de Palma, El Terreno, Felanitx, y finalmente en “Son Molina”, en el término municipal de Bunyola; su pasión por los caballos hizo que fundase el centro de equitación que lleva su nombre y se ha mantenido hasta nuestros días.

Federico Molina fue un artista honesto y no solo en su arte, también reconocido como un hombre de palabra: cumplía siempre lo que prometía. Las personas que tuvieron el honor de conocerlo lo calificaban de señor y caballero. Siempre estuvo rodeado de amigos, los humanos y los otros. “Son Molina”, pequeño paraíso en el que residiría hasta su muerte, es un ejemplo más de su gran esplendidez.

De igual forma que su arte, su generosidad desconocía cualquier límite establecido. Por muchos es sabido que todo artista recién llegado a la isla con medios escasos, en el hogar del maestro Molina siempre un plato caliente estaba servido en su mesa a disposición del nuevo huésped y una cama para acoger su descanso.

Federico Molina jamás dejó de aupar proyectos de forma desinteresada en beneficio del prójimo, de su entorno, de la comunidad en la que residía. Su bohemia jamás zozobró en el egoísmo, sino en la virtud de compartir, apoyar y aconsejar a los artistas noveles.

Federico, gracias y a pesar de sus tribulaciones, pudo congratularse de su éxito en vida. Pintor prolífico, sus exposiciones fueron innumerables y en casi todos los continentes. A partir de 1955 cada año expondría en las Galerías Costa de Palma de Mallorca. Pintó cuantiosos retratos por encargo de conocidas personalidades: los retratos de los Hijos Ilustres de Sóller, la Hija Ilustre de Pollensa Rvda Madre Alberta, los murales de las salas del “Círculo Mallorquín”, etc..Su última exposición se remite a 1980 en la “Galería Sa Volta” de Felanitx.

Mallorca y sus ciudadanos tal vez nunca lleguen a ser conscientes de lo mucho que le deben a este gran artista, que con absoluta entrega amó nuestra isla, con derroches espléndidos de arte y humanismo e innata constancia en su labor pictórica.

Como epílogo solo queda afirmar que Federico Molina fue un incondicional benefactor de nuestra tierra, un artista irrepetible, un honesto caballero gitano.

Damián Verger Garau

Perito Judicial en Arte y Antigüedades y
Crítico de Arte

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