ANTONI GELABERT, EL ASTRO MODERNISTA AL QUE NO SE LE PERMITIÓ BRILLAR EN VIDA
La figura de Antoni Gelabert en la pintura modernista balear además de imprescindible es también ejemplarizante pues, siendo un autodidacta, hizo gala de un gran talento y creatividad, así como de una muy encomiable perseverancia en su vocación. Luchó a contracorriente en unas circunstancias adversas: fue un David contra muchos Goliat.
Antoni Gelabert i Massot nació un caluroso día de junio de 1877 en el seno de una humilde familia palmesana. Su padre regentaba la céntrica barbería “Can Millán” de Palma y, a su muerte, acaecida en 1892, cuando él contaba solo quince años, se vio obligado a hacerse cargo del modesto negocio familiar.
Siendo niño dibujaba y garabateaba en la barbería y solo de forma esporádica, entre 1895 y 1897, asistió a las clases que Ricardo Anckermann impartía en la Academia Provincial de Bellas Artes. Allí conoció al pintor Pedro Blanes Viale (1878-1926) con quién mantendría una estrecha amistad a lo largo de su vida.
Presentó sus primeras obras (paisajes, marinas y escenas de barbería) en la exposición balear de Sòller en 1897 y en el Foment de Pintura de 1898. Muy pronto quedó seducido por el arte modernista que emergió en Barcelona en torno a 1890, y con la llegada a Mallorca de Santiago Rusiñol y Joaquim Mir, a quienes conocería por mediación de su amigo Blanes Viale, nuestro artista encontró sus más claros referentes artísticos. En 1902, de la mano de Rusiñol y Mir, realizó, con notable éxito, su primera exposición individual en la Sala Parés de Barcelona. En ese mismo año tuvo lugar su segunda exposición individual, en el “Círculo Mallorquín”, con críticas favorables, pero también con duros ataques por parte del sector academicista más conservador.
En 1903 gozó de su primera estancia en París, en la que se deleitó pintando jardines y paisajes urbanos y participó en algunas exposiciones de la capital francesa. En 1904 expuso de nuevo individualmente en el “Círculo Mallorquín” con una veintena de obras de paisajes mallorquines y parisinos. La exposición resultó un rotundo éxito, pero de nuevo una parte importante de la crítica—que jamás fue capaz de superar el academicismo decimonónico—se manifestó abiertamente en su contra. Santiago Rusiñol acudió en su defensa generándose una disputa aún mayor.
En la capital de España eran más anchos de miras y en 1906 nuestro artista obtuvo una mención honorífica en la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid. Su segunda estancia en París conllevó un cierto cambio en su pintura hacia un sintetismo a lo Gauguin y una temática en línea con las escenas parisinas de Hermen Anglada Camarasa. Las obras de esa época se presentaron en sendas exposiciones del “Círculo de Bellas Artes” de Palma de Mallorca en 1907 y 1909.
De 1908 a 1910 Antoni Gelabert ocuparía el cargo de Profesor de Composición de la Escuela de Bellas Artes de Palma, designado por el nuevo presidente, Eliseo Meifrén.
En 1913 H. Anglada Camarasa pasó una larga temporada en Pollensa estableciéndose una intensa amistad entre ambos pintores, influyéndo en la obra de Gelabert en forma perceptible entre 1916 y 1921. En 1917 expondría en “La Veda” y “La Sala Reig” de Barcelona. En 1918 se estrenó por primera vez en “Galerías Layetanas” de Barcelona con una colección de telas cuyo principal motivo fueron paisajes urbanos de Palma.
En 1909, Antoni Gelabert inició una relación de pareja con Clara Lucena, parienta suya de Felanitx y con quién compartiría el resto de su vida. Clara Lucena era conocida en el mundillo artístico como la “brava morena”, calificativo atribuido al pintor y amigo de la familia, Francisco Bernareggi.
En 1922 gracias a la indemnización percibida por la expropiación y demolición del local donde se ubicaba la barbería del pintor, además de poder trasladar su negocio de subsistencia a otro local, pudo adquirir “Son Fony”: una casa con terreno en el pintoresco municipio de Deià. Este hecho supuso un punto de inflexión en su vida y en su obra. Los bellos paisajes y entornos tanto de Deià como de Pollensa se convertirían en los principales motivos de su obra.
Su faceta de escritor también se intensificó a partir de 1925 con sus artículos de opinión en “La Almudaina” y “La Última Hora”, abordando temas sobre pintura, música, arquitectura e historia de Mallorca. Al igual que su pincel, su pluma fue sincera y honesta. Defendió sus argumentos con criterio y no huyó de polémicas con sus detractores, a menudo poderosos e influyentes.
Antoni Gelabert, dotado de un instinto inigualable, una originalidad poco frecuente, y con un estilo propio y distinguible, jamás pudo entender el rechazo de una parte de la sociedad insular hacia él y su pintura. Para algunos, proceder de una familia humilde y cortar cabellos debía suponer un muro infranqueable para la creación artística. Que le resultase tan complejo vender sus obras y no poder vivir de su arte le supuso una verdadera tortura. Este dolor interior lo condujo a una profunda depresión y como resultado de ello desde la primavera de 1923 hasta su muerte en 1932 solo expondría tres veces en su isla natal: “Emparrats de Mallorca” en Galerías Costa (1928), en Galerías Mallorquines (1930) y de nuevo en Galerías Costa (1931).
A partir de 1927 su estado anímico, y por ende su salud, empeoraron progresivamente y, en el mágico paraíso de Deià que tantas veces había iluminado sus pinceles, la mañana del veintidós de enero de 1932 puso fin a su vida.
Una faceta poco conocida es que A. Gelabert, no solo creía en su arte, sino que le encantaba todo el buen arte, la cerámica y las antigüedades. Prueba de ello es que su casa de Deià parecía más un museo que a un hogar. En su copiosa colección se hallaban obras de Anglada Camarasa, Mir, Rusiñol, Bernareggi, Blanes Viale, Nocetti….muebles finos barrocos y neoclásicos, y una importante colección de cerámica modernista de la manufactura de “La Roqueta”. En su breve pero fructífero paso por la vida escribió numerosos artículos sobre cerámica y antigüedades, impartiendo conferencias al respecto.
La evolución pictórica de Antoni Gelabert fue constante. Algunos críticos identifican seis, y hasta ocho, etapas diferenciadas; no obstante, considero que su trayectoria resultó escalonada y sin cambios bruscos, preservando siempre su personalidad. En sus dos primeros lustros, sus paisajes se nos brindan más tenues y perfilados, con empasto moderado y un predominio de tonos verdes, en línea con el modernismo vigente. Sus estancias en París sin duda le aportaron una nueva visión. La primera estancia le imprimió cierto aire simbolista a sus obras, pinta jardines y se deleita con los paisajes urbanos, mientras que en la segunda su pintura adoptó cierto sintetismo-cloisonismo que nos recucerda algo a Gauguin. Desde mi óptica es a partir de 1910 cuando emerge lo mejor de sí mismo, a veces con un guiño al neoimpresionismo sin abandonar jamás el modernismo. Su paleta cromática se va enriqueciendo con un abanico de colores infinitos y, tras descubrir Deià, de forma exultante se reparten el protagonismo el pincel y la espátula. Sus trazos decididos de pletórico efectismo sonríen al puntillismo francés desde sus “parrales” de los jardines de la Serra de Tramuntana. Y todo se transforma en plácida luz, en poesía mágica, en belleza permanente.
Antoni Gelabert, fue un genio sin suerte. Desde sus comienzos se vio obligado a soportar la hipocresía y elitismo de la rancia y retrógrada sociedad mallorquina de la época y, a la vez, fue víctima de la envidia de muchos pintores academicistas que jamás consintieron que un autodidacta humilde, hijo de barbero y barbero él mismo, fuera un artista muy superior a ellos.
Cierto es que no hay profeta en su tierra, y Antoni Gelabert no fue la excepción. Una vez fallecido y pasado un tiempo, llegarían los reconocimientos de las instituciones, algunas de las cuales lo habían ignorado o denostado en vida.
El tiempo tiene tendencia a ser generoso con los audaces, con los valientes que ofrecieron lo mejor de sí mismos, y el arte del gran Antoni Gelabert ha sido reconocido y homenajeado hasta nuestros días. Los lienzos que el hijo del barbero a duras penas lograba vender se han convertido en cotizadas obras de las más exquisitas pinacotecas.
Antoni Gelabert fue tan honesto con su arte que, a la manera de una tragedia griega, lo llevó hasta las últimas consecuencias. Vivió y murió por y para él.
Damián Verger Garau
Perito Judicial en Antigüedades y Obras de Arte
Crítico de Arte